sábado, 9 de julio de 2011

La semilla del Sembrador

Mateo 13,1-23

Maté. Pero soy bueno. Lo escuché y le creí por duro que parezca. Y varias veces he pensado en el asunto y en otros casos de los que he tenido conocimiento o de los que he sido testigo. Me he sentado a pensar viendo el atardecer de los días pasados en el noviciado sobre el problema de Dios y el mal. Lo he pensado muchas veces caminando en la playa, el mismo escenario en que Mateo sitúa a Jesús narrando la parábola del sembrador. La comunidad le dio su propia interpretación, según lo que estaba viviendo, a la luz del Espíritu del Resucitado.

Y ahora que leo esta parábola, nuevamente viene a mi mente el problema sobre Dios y el mal. Porque así son las parábolas, susceptibles de muchas interpretaciones. Y a mí la parábola del sembrador me ratifica la certeza de que Dios es bueno y todo lo hizo bien, incluyendo al ser humano. En el fondo de cada corazón humano, siempre encontraremos la bondad de Dios. ¿De dónde, entonces, el mal? No lo sé. La parábola dice que salió el sembrador a sembrar. Y echó su semilla sobre la tierra. Y según la tierra, la semilla se ahogó, o fructificó poco o mucho.

Si Dios es el sembrador, y la semilla su amor, su bondad, la parábola indicaría que de Dios sólo podemos esperar amor y bondad. Si la tierra somos nosotros, entonces a nosotros nos toca acoger la semilla y hacerla germinar y dar fruto. Pero sucede, según cuenta la parábola, que hay tierras distintas, y de ellas depende el futuro de la semilla buena de Dios. De mis días como promotor vocacional y ahora como formador, he aprendido que para entender a un chavo tengo que conocer sus raíces, conocer su familia y el ambiente en que creció. Escuchar a la gente y remontarme con ella a su pasado me ayuda a entender mucho de lo que es y de lo que vive.

¿Por qué un hombre se hace agresivo o retraído? ¿Por qué un hombre puede llegar a matar? ¿Por qué una joven esposa y madre puede intentar suicidarse? ¿Por qué la inhumana tentación de condenar antes de comprender? Todo está en relación con la tierra que recibió la semilla. Quien ha crecido en un ambiente hostil, aprende a defender su vida a golpes, después le costará mostrar su afecto con ternura; quien crece trabajando, sabe apreciar el esfuerzo; quien crece teniendo dinero para comprarlo todo, piensa que también las personas son mercancías. Nacimos buenos, y en la tierra que nos recibió aprendimos a hacer el mal, por instinto de supervivencia o por corrompida educación, hasta casi ahogar la bondad del propio corazón, y un cierto día nos sorprendemos con gestos buenos de la gente mala. A veces son las preocupaciones de esta vida, las del comer o el vestir, las que empujan al mal como último y desesperado intento por no morir antes de tiempo.

Lo cierto que el recurso al mal no viene de Dios, sino de la tierra que somos, y siempre será un fracaso de Dios y de su creación. Pero tengo la convicción y la esperanza de que no se trata de un fracaso absoluto. La bondad de Dios que hay en el fondo de cada corazón terminará saliendo a flote, a veces nos de manera sorpresiva. Tuve visita de mi amigo el Santo, que vivió en el norte y trabajó en una maquiladora, y se encontró con que la paradoja de que quien vende droga es el que da de comer al que no tiene, el malo que se compadece. Las viejas historias de Robin hood o Chucho el Roto siguen aconteciendo en las páginas de nuestra vida. La fe en el Purgatorio es la esperanza cristiana de que la bondad de Dios puesta en nuestro corazón se verá finalmente purificada del mal que nos circunda, del mal que aprendimos, del mal que cometemos.

Libertad, culpa y responsabilidad son conceptos de los que sabemos menos de lo que creemos. ¿Es real y totalmente culpable quien aprendió a matar para defender su vida? ¿Hasta dónde es culpable quien aprendió a robar para llevar comida a su casa? ¿Hasta dónde son inocentes los que, sin haber matado y robado nunca, se desentienden de la suerte de los pobres? No tengo las respuestas, sólo la convicción de que en el fondo, seguimos siendo buenos. Y esta es la bondad que Dios busca, reconoce y salva.

Desde León, Gto., un abrazo.

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