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Mostrando entradas de agosto, 2018

"No he sabido hablar de amor". Palabras de vida eterna

Juan 6,59-71 El 13 de febrero de 1999, Fernando Delgadillo dio un conciertazo en el Parque Naucalli. Se grabó ahí en vivo un álbum doble con lo mejor del mismo (un tercer volumen, que circuló de manera pirata, da a entender que “lo mejor” era mucho más amplio). Entonces tenía yo 21 años, y seguía fielmente la discografía de Fernando Delgadillo. Muchas de sus canciones hablan de amor, y como Dios es amor, no me resulta difícil orar con ellas, ¡hasta me parece difícil que puedan hablar algo que no sea Dios! Varias de las canciones de Delgadillo que más me gustan, me gustan más en la versión en vivo de  Febrero 13  que la versión original; entre ellas, “Carta a Francia”. Empieza como a veces empiezo mi oración en mi rincón favorito de la capilla: Desde el sitio en donde siempre estoy pensando en ti, con mi eterna obstinación.  En la canción, Delgadillo se lamenta y se pregunta: Cómo tengo miedo de perder los pasos, de extraviar en algún lado las promesas y los sueños.

Difícil la "chilanga banda". El duro lenguaje de Jesús

Juan 6,1-59 ¡Cuánto bien ha hecho el diccionario Larousse compilando y definiendo las palabras del español de México, particularmente en su variante chilanga! ¡Por fin la “Chilanga banda” de Café Tacuba dejará de ser una canción sonora, clara y comprensible únicamente para los aquí nacidos como vecinos de Tintán, y para los muy iniciados en las artes de nuestra noble lengua!              Ya chole, chango chilango,             ¡qué chafa chamba te chutas!             No checa andar de tacuche,             ¡y chale con la charola!             Tan choncho como una chinche,             más chueco que la fayuca;             con fusca y con cachiporra,             te paso andar de guarura.             Chambeando de chafirete             me sobra chupe y pachanga. Por no hablar, como leía ayer en un artículo de  El País , de la manifiesta expresividad de la letra “ch”, que en paz no descansa, pues aunque la feneció la Academia de la Lengua, resucita en cada

Lo sabrán enseguida: el pan que da la vida

Juan 6,41-51 Sir Kevin Robinson, en su libro  El elemento , sobre el papel de la pasión en los procesos de creatividad, innovación y aprendizaje, cuenta la siguiente historia: “Una maestra estaba dando una clase de dibujo a un grupo de niños de seis años de edad. Al fondo del aula se sentaba una niña que no solía prestar demasiada atención; pero en la clase de dibujo sí lo hacía. Durante más de veinte minutos la niña permaneció sentada ante una hoja de papel, completamente absorta en lo que estaba haciendo. A la maestra aquello le pareció fascinante. Al final le preguntó qué estaba dibujando. Sin levantar la vista, la niña contestó: «Estoy dibujando a Dios.» Sorprendida, la maestra dijo: «Pero nadie sabe qué aspecto tiene Dios.» La niña respondió: «Lo sabrán enseguida.»”  ¿Quién duda que esta niña no tiene confianza en sí misma? Algunos dirán que con Jesús pasa lo mismo, que lo suyo era una elevada autoestima. Hay un punto de inflexión en la frase del versículo 51, porque

"Usted no me conoce". El signo del pan

Juan 6,16-40 “Usted no me conoce, no me ha visto nunca. Hace un mes que no me ha visto nunca, ni   siquiera para tener el derecho de olvidarme. Usted no me ha olvidado, usted me ignora. Yo puedo seguiría, en cambio, diariamente. Sólo dos cuadras. No quiero, no quise perseguirla, penetrar en zonas que no son usted. Pero la vi hablar con su amiga y pude seguirla a ella, recibir de ella sus señas. Mañana de noche, a las once yo estaré en la esquina. Usted vendrá o no.” Es la nota que estruja entre sus dedos Isabel Ríos, al despertar una mañana a las diez, abriendo un solo ojo. La historia es de Mario Beneditti, de su cuento “José Nomás”; el recado de un hombre enamorado de una mujer que ni siquiera lo conoce. Pero le ha lanzado el desafío. Tremendo. También el desafío. Así mismo Jesús.  Tras la multiplicación de los panes y de los peces, ingratamente olvidados, la gente que comió busca coronar a Jesús como rey. Jesús huye al monte, el solo. Al atardecer, los discípulos se emb